lunes, 28 de febrero de 2011

I LOVE LUCY (TOO!)


En esto no hay manera de ser original. ¿A quén no le encanta Lucy? El genio de Lucille Ball, una cómica justamente legendaria, comparable tan solo a Chaplin en sus dotes mímicas y gracia ballética, queda bien resumido en esta famosa escena en la que ensaya el spot publicitario televisivo de un reconstituyente de nombre imposible y ¡un 32% de alcohol! Desternillante incluso para los que no tienen ni idea de inglés.

sábado, 6 de noviembre de 2010

ESTO ES UNA DIVA



¿Desde cuándo descienden bañados de luz los dioses a la tierra? -se pregunta Julio César. Pues desde que existen la ópera y divas como Montserrat Caballé. Aquí la tenemos, rivalizando con la mismísima Elizabeth Taylor (y el Liceu con la 20th Century Fox), en esta espectacular entrada de Cleopatra en la producción de 1982 del "Giulio Cersare" de Handel, con barítono (Justino Díaz) en vez de contratenor. No será muy práctico para moverse por las arenas del desierto, pero desde luego el vehículo deja atónito hasta al dueño del mundo. Dios, cómo se quedarían los espectadores y lo que habría dado yo por estar allí. Claro que, al final, lo que cuenta es la música y la voz, que aquí todavía seduce y cómo. En el Olimpo no disfrutan los dioses de melodía semejante, asegura César. Ni de voz tampoco, añadiría yo.

martes, 12 de octubre de 2010

JOAN SUTHERLAND (1926-2010): IN MEMORIAM



Cuando le faltaba menos de un mes para cumplir los 84 años, ha muerto en Suiza, tierra de nadie y de todos, Dame Joan Sutherland, víctima de una larga enfermedad. La soprano australiana, con voz ancha y asombrosos sobreagudos, reinó suprema como Lucia di Lammermoor, un papel que en 1959 (Covent Garden) le lanzó al estrellato, justamente cuando Maria Callas empezaba a perder la voz. Su dicción siempre peculiar y la carencia de un auténtico legato fueron trabas para mi completo disfrute de la cantante. Pero pocas sopranos han podido competir con ella en coloratura y pura técnica belcantista. El suyo era un instrumento espectacular, algo más allá de lo que parecía posible para la voz humana. Aunque solo alcancé a verla a mediados de los 80, en Lucia y Anna Bolena (ambas en Covent Garden), cuando ya se acercaba su digno rertiro, en mi memoria quedan esos Mi sobreagudos con que señalaba el final de la escena o de la ópera. Un sonido brillante que llenaba todo el teatro y vibraba en mis oídos con la excitación que durante cinco siglos ha mantenido viva a la ópera. También pude confirmar su buen humor y fina ironía, mientras me dedicaba una foto, ya sentada en el asiento trasero del coche que la recogía a las puertas del teatro, con un socarrón comentario sobre las exigencias de Big P (así llamaba a Pavarotti) acerca del tamaño y posición de su nombre en la portada del disco de Norma, grabada de nuevo tardíamente por la soprano junto a la imponente Adalgisa de Caballé. Dame y Diva sin ínfulas, fue señora de de muchas notas y sonrisa generosa. Una anti Melba. Sus numerosas grabaciones, siempre para DECCA, seguirán recordándonos el milagro de la voz humana.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Vittorio Primo


Grigolo, Vittorio Grigolo. Hay que aprenderse el nombre. Porque tras su reciente participación, como el duca troppo bello del Rigoletto de Domingo, en retransmisión televisiva planetaria desde Mantua, debe ser ya uno de los tenores más escuchados de la historia. Aunque acabe de publicar su primer álbum de ópera (The Italian Tenor, Sony Classical) y solo tenga uno previo de música ligera (Vittorio), está a punto de convertirse en la nueva gran estrella del firmamento operístico. Y no hay nada más excitante que la eclosión de una flamante voz de tenor, auténticamente italiana, con timbre cálido y seductor, personalidad en el fraseo y agudos brillantes. Que físicamente parezca un modelo de Armani es la guinda del pastel.

(continuará)

martes, 21 de septiembre de 2010

El Tenor



Ahora que se ha metido a barítono, da gusto recordar a Plácido Domingo como el cantante que siempre fue, sin duda el tenor más completo, dramática y musicalmente, de la segunda mitad del siglo XX. Aquí le tenemos, en París en 1977, un joven y apasionado Rodolfo, caldeando la helada mano de Mimí. Diez años después, en el mismo papel en Londres, me haría llorar de emoción.

domingo, 15 de agosto de 2010

Elogio del descamisado




¿Quién iba a pensar que esta foto tomada a un chico ceutí en calle Larios hace cinco años pudiera convertirse en nostálgico souvenir de lo que fue y nunca más será? ¿Quién podría imaginar que ciudades mediterráneas tan proclives a los calores térmicos y corporales, con tradiciones milenarias que han celebrado la pagana alegría de vivir sin tapujos ni constricciones, iban a terminar prohibiendo (Sitges) o negando el pan y la bebida (Málaga) a aquellos que se pasearan con el torso desnudo? La medida de los restauradores malagueños, que algunos pretenden extender, más allá de los locales, a la mismísima calle, se justifica por el deseo de dignificar la feria del centro de la ciudad, donde se viene observado un deterioro en las actitudes y comportamientos de cierta parte de los asistentes. O dicho en plata, como aseguraba una entrevistada en la radio, “que hay mucha chusma”. Y no es sorprendente, quizás, que la mayoría apoye la iniciativa. Si casi nadie se detiene a analizar la complejidad de los problemas, aún menos reparan en la simpleza de los remedios propuestos.


Porque vamos a ver. Los lamentables efectos colaterales de la feria del centro (consumo desordenado y sin control de alcohol, músicas pachangueras a volúmenes que envidiarían los torturadores de Guantánamo, malos olores de orina y vómitos, una suciedad que te llega hasta el alma…) no son provocados sólo por un determinado sector de gente incívica y maleducada. La chusma de nuestra señora. Pero para qué perder el tiempo con sutilezas. Además, por lo visto, esta calaña se hace notar fácilmente por la particular costumbre de quitarse la camiseta. O sea chusma igual a descamisado y viceversa. De aquí, en el colmo de la simplificación, se concluye que la solución a la degeneración de nuestra feria es vestir al desnudo o negarle el servicio. Es como pretender remediar el problema de los funcionarios desconsiderados con el ciudadano obligándoles a llevar corbata.


Hay que decirlo claro. Sí, la feria de Málaga en el centro ha degenerado en un espectáculo deplorable. Vivo en el centro y la sufro cada año, cuando no me escapo a Barcelona. Pero las razones son complejas y las soluciones tendrían que contemplar medidas de largo y corto plazo, desde un programa serio de educación cívica en los colegios hasta una mayor vigilancia policial y castigo ejemplar de los infractores de las normativas municipales. Obligar a nuestro chico de Ceuta a tapar su hermoso torso, con tantas horas de esfuerzo y gimnasio detrás, no parece sin embargo que contribuya mucho a mejorar la imagen de nuestra feria. Más bien a lo contrario. Un físico bello, más que los farolillos de papel o desde luego la nueva portada, alegra la vista y embellece el ambiente de una feria. La celebración de la belleza física, desde las fiestas cretenses, tiene un abolengo milenario en la cultura mediterránea, que la presión judeocristiana –desconfiada del cuerpo, cárcel del alma- nunca consiguió reprimir del todo. ¿Es casualidad que San Sebastián con su hermoso torso asaetado fuera uno de los temas iconográficos más populares de la pintura religiosa?


Hoy más que nunca, con cotas de libertad impensables hace un par de generaciones, tenemos derecho a celebrar nuestro cuerpo y afirmar que su gozo no es libertinaje. Nada más bello que un hermoso torso descamisado. En la perfección física del cuerpo humano comprendió Miguel Angel la sabiduría del diseño divino. Nuestro desarrollo económico no sólo se manifiesta en la urbanización desaforada y en la destrucción del paisaje, sino afortunadamente, gracias a la mejor calidad de vida, también en un mayor atractivo físico de nuestros jóvenes, que con razón se sienten orgullosos de sus cuerpos. Querer mostrarlos en días de jolgorio callejero y calor sofocante es lo natural. Intentar cubrirlos, escudándose en dudosas nociones de civismo y “buen gusto”, resulta como mínimo pacato, si no una vuelta a esa vieja tradición de la España negra que, tapándolo, pretendía negar el cuerpo y sus gozos.


Foto: Bartolomé Mesa

lunes, 26 de julio de 2010

Domingo en el Real: E vo gridando oé, oé, oé


Antes -para descartar malas uvas- las proclamaciones de rigor. He sido toda mi vida operística un rendido fan de Plácido Domingo. Su Celeste Aida -todavía recuerdo con cuánta emoción, al final de mi adolescencia- me enganchó para este arte irracional en el que se ama y se muere cantando. Luego en el Covent Garden de Londres, pero también en Nueva York, Los Ángeles y Madrid, reforcé mi adicción con algunas de sus interpretaciones más emblemáticas: Trovatore, Cuentos de Hoffman, Bohème, Andrea Chenier, Fanciulla del West, Tosca, Carmen... y, particularmente, su conmovedor Otello, bajo la dirección de un iluminado Carlos Kleiber, en una representación memorable -qué noche la de aquel día- para la que hice cola en un enero nevado durante más de siete horas. Tengo prácticamente todas sus grabaciones de audio y vídeo y disfruto regularmente con ellas más que con las de cualquier otro tenor vivo o reciente.

Aún hoy, con algunos años más de los 69 confesados, Domingo conserva un timbre bellísimo, notas resonantes y fraseo impecable, además de ser un músico de gran sensibilidad y un artista de rara penetración dramática. Que haya querido que su último nuevo papel fuera para barítono puede interpretarse como un capricho de la edad, pero sin duda debió atraerle la grandeza moral del personaje de Simon Boccanegra, un lider pacifista salido del pueblo que muere soñando una patria fraternalmente unida. Prueba del poder de su nombre es que lo haya cantado en los últimos meses, con general aclamación, en Milán, Berlín, Nueva York y Londres, antes de hacerlo durante tres funciones en Madrid. Yo acudí con interés a la segunda y no puedo decir que saliera defraudado. Sin embargo, algo no acabó de funcionar.

Me resulta difícil señalar exactamente el problema. Desde luego Inva Mula (que sustituyó a una oficialmente enferma Angela Gheorghiu), tenía las notas, además de 30 cm de tacón, y las cantó con sensibilidad, pero la suya es una de esas voces eficientes que se olvidan apenas escuchada. Más desigual resultó la aportación de Marcello Giordani, un tenor de notas inseguras, a ratos chirriantes, junto a frases de resplandeciente belleza. Ferruccio Furlanetto exhibió una voz magnífica y su escena en el último acto con Domingo (los dos enfrentados y separados por la fría escenografía de Michael Scott) fue el punto álgido de toda la noche, cuando la emoción palpitó a flor de piel.

Y aquí puede que esté la raíz de mi insatisfacción. Recuerdo todas las óperas de Domingo con mi pulso acelerado, una alteración física que, para mí, marca esas raras noches de ópera en las que música, canto y drama se combinan milagrosamente para elevarme por momentos a otro plano. Esta noche tuvo demasiados tramos de rutina, de mi espalda retrepada contra el respaldo de la butaca. No quiero decir que Domingo no pusiera toda la carne en el asador, pero quizás no tenía suficiente carne. Eché a faltar esa energía, esa frisson que puntuaron consistentemente todas las representaciones con Domingo. ¿Puede que los años -los suyos y los míos- hayan reducido los grados de excitación? Quiero pensar que no. Tampoco ayudó que el timbre de su voz, obviamente de tenor, pareciera a veces amordazado, y sin llegar a producir la riqueza de colores que todo buen barítono tiene en su paleta. Domingo derrochó arte, pero parecían faltarle pinceles para pintar adecuadamente su lienzo.

La ovación final de casi 25 minutos -dicen que un récord en el Real-, a la que se unió doña Sofía, de pie todo el rato y con los brazos sobre su regia cabeza, obedece a razones que escapan a la actuación del día y Domingo la tiene bien merecida. Pero cuando cesó el aplauso y el cantante pudo asomarse al balcón del teatro para saludar al público que había seguido la representación en una gran pantalla y entonó una canción de Madrid y el campeones, oé, oé, oé, con una roja alrededor de su cuello, pudimos finalmente disfrutar de su voz, ya libre en su registro, tan hermosa y acariciadora como siempre.

Ahora se prepara para cantar Rigoletto, el bufón claro, en Mantua y alrededores (en lugares reales de la acción), para una transmisión internacional en directo. Luego, ¿quién sabe? No me extrañaría que le metiera mano a Macbeth. Los teatros quedarán rendidos a sus pies. Pero yo no haré cola.



Fotos:
1. Clínicamente efectiva escenografía de Michael Scott (Teatro Real).
2. Giordani, Domingo, Mula y Furlanetto, casi 25 minutos saludando (Bartolomé Mesa).