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lunes, 2 de abril de 2012

LA LUCIA DE CANTARERO



























(Reseña en preparación)






Foto: Tomada tras la función, ¿Lucia o Novia Cadáver?
Video: Grabado en complicadas condiciones, al menos da una idea de la última sección de la escena de la locura.

domingo, 1 de enero de 2012

LINDA DI CHAMOUNIX EN EL LICEU


Hacía tiempo que no veía la misma ópera dos días seguidos, con diferentes repartos, y disfruté comparando las dos Linda di Chamounix ofrecidas por el Gran Teatre del Liceu el 27 y 28 de diciembre. Mariola Cantarero cantó una esplendida Linda, con voz segura, buenos agudos, bellos pianos y sabias modulaciones, en todo momento atendiendo a la verdad dramática de un personaje cuya ingenuidad y predicamento resultan difíciles de presentar en un tiempo en que la virginidad ruboriza. Muy superior a la interpretación la noche anterior de una -vocalmente disminuída- Diana Damrau. Por su parte Ismael Jordi no borró la memoria de la maravillosa exhibición belcantista de Juan Diego Florez (a quien nunca he escuchado mejor), pero cantó bellamente y con impecable fraseo, imbuyendo al personaje de palpable sentimiento. Mientras que Flórez fue todo vuelo de alma enamorada, Jordi supo hallar también carne. La evidente buena química entre los dos cantantes andaluces contribuyó no poco al goce de una función que pareció durar la mitad de la anterior.


(Vídeo: Aria di sortita de Linda, interpretada por Mariola Cantarero, 28 de diciembre, 2011)

domingo, 13 de noviembre de 2011

RESFRIADA Y MARAVILLOSA

Anoche los afortunados asistentes en la Sala María Cristina de Málaga al recital de Mariola Cantarero (increíblemente había asientos vacíos), disfrutamos no solo de una actuación realmente memorable, sino también -en mi opinión- del alumbramiento de una gran artista. Recién casada y con un buen resfriado encima -entre aria y aria tuvo que pedir un kleenex al público, con su acostumbrada campechanería- , algo más esbelta y yo diría que emocionada, hizo por fin la soprano granadina su debut en la ciudad (y no pudo ser en el Teatro Cervantes, nada extraño dado el alarmante deterioro de la errática política de programación de nuestro teatro municipal). Con un completo programa de arias de ópera, canciones y romanzas de zarzuela, la Cantarero demostró cómo ha llegado a dominar su espléndida voz, modulándola con expresividad desde el pianísimo hasta el fortísimo, pero también -e igualmente importante- su notable madurez como intérprete y artista. Vimos a una cantante desafiando catarro y señora completa de su arte. Capaz de meterse en cada papel en mente y cuerpo, desde la regia Bolena a la casquivana Margot, pasando por la ingenua Linda. Con una voz pletórica y moldeable, segura en todos los registros, que esta noche sonó, para mis oídos, más bella que nunca. Una artista en fin que dejó su impronta en cada pieza, haciéndola suya.

Comenzó el programa con Mozart, para ir calentando la voz con una cancioncita, Un moto di gioia, el aria de Susanna Deh vieni, non tardar de Le Nozze di Figaro y la temible aria de Donna Anna Crudele!... Non mi dir del Don Giovanni, donde exhibió afrenta en el recitativo, dulzura en el larghetto y deslumbrante coloratura en la sección final. Con ello disipó mis temores de que el refriado que ella anunció nos jugara una mala pasada. Tras un intervalo pianístico, a cargo de su excelente acompañante, Giulio Zappa, continuó con las dos espléndidas arias de Donizzeti de las que dejo aquí testimonio videográfico. En la segunda parte, con los Cuatro Madrigales Amatorios de Rodrigo se reveló también como consumada recitalista de canciones. Y tras dos piezas pianísticas de Albéniz, concluyó con tres romanzas de zarzuela, el Vals de Chateau Margaux, No sé qué siento aquí, la Canción Veneciana, Pensando en el que la quiere, de El Carro del Sol y su ya habitual Polaca, Me llaman la Primorosa, de El Barbero de Sevilla, acompañándose ella misma con castañuelas. Como sola propina, pero absolutamente maravillosa, Che il bel sogno di Doretta, de La Rondine de Puccini, donde derrochó pianos deslumbrantes y emocionada expresividad. Broche de oro a una gran noche de Canto con mayúsculas.


Pese al rapapolvo del presidente de la Fundación Unicaja -poco interesado en que momentos artísticos memorables queden registrados para disfrute de muchos en un mundo nuevo, en el que él no habita, de comunicación sin fronteras e intercambios culturales sin estúpidas cortapisas legales-. pude grabar con mi iPhone estas dos arias con las que Cantarero finalizó la primera parte del recital. En Piangete voi? y Al dolce guidami, de la escena final de Anna Bolena, exhibió un agudo seguro, etéreos pianísimos, y punzante dramatismo. Como se aprecia en el video, aprovecha el intervalo entre el recitativo y la cavatina para aclararse la nariz y al final se le ve solicitando un pañuelo. Seguidamente despachó con soltura y aplomo la vistuosística aria de entrada de Linda di Chamounix, O luce di quest' anima (mejor trabajada que en el reciente recital de Nerja), ópera con la que se presentará en el Liceu de Barcelona en diciembre, junto al tenor jerezano Ismael Jordi. Yo ya tengo entradas, claro.



domingo, 17 de julio de 2011

CANTARERO & BROS: UN FESTIVAL EN NERJA


Un fantástico recital de Mariola Cantarero y José Bros clausuró la edición 52 del Festival Cueva de Nerja, con un completo programa de arias y dúos de ópera y zarzuela, donde se combinaron piezas habituales con otras menos trilladas del repertorio típico en eventos estivales destinados al gran público. Aunque hay que resaltar desde el principio que en esta ocasión, por calidad y seriedad de interpretación, ambos cantantes me hicieron olvidar pronto que estaba en una cueva y esto era un festival veraniego. Tras una vivaz interpretación de la obertura de Guillaume Tell de Rossini, por parte de la Filarmónica de Málaga bajo la batuta de su director titular Edmon Colomer, Mariola Cantarero rompió el fuego con O luce di quest' anima, aria de entrada de Linda de Chamounix (Donizetti) , ópera que tiene previsto cantar en el Liceu el próximo diciembre, compitiendo en el otro reparto con la mismísima Diana Damrau. Aunque puede mejorar los embellicimientos y añadidos, por lo visto ya, la Cantarero no tiene que temer a las comparaciones. Exhibió una voz ágil y controlada en los agudos y filados, y al mismo tiempo de cuerpo y sustancia, con un ataque en el fraseo adecuadamente dramático. La joven soprano está madurando vocal y artísticamente. Así lo demuestra su entregada interpretación de la temible escena final del acto I de La Traviata, superior a la ofrecida en Sevilla la pasada temporada, cuando debutó con el personaje de Violetta. El Ah, fors' è lui bellamente filado y sentido y el Sempre libera valientemente atacado, con seguridad tanto en el piano como en el forte.

José Bros, cuando la voz le responde plenamente en el agudo, es para mí el mejor tenor lírico del momento, quien más placer me produce. Con timbre mucho más bello que el de Alfredo Kraus, pero con semejante elegancia en el fraseo y estilo en el ataque, es digno sucesor del maestro. Por suerte esta noche llegó en plena forma desde el primer momento, ofreciendo una maravillosa interpretación de la escena de Corrado en el acto I de Il Corsaro (Verdi). Aunque se echó de menos el coro y la repetición de la cabaletta, el recitativo lo despachó con apropiado tono heroico, la cavatina Tutto parea sorridere puede cantarse con algo más de ensoñación interior, pero Bros, ejemplo de equilibrio en todo lo que hace -complementando siempre drama y técnica- , ofrece aquí la ternura necesaria, sin olvidar el metal del guerrero, mientras que en la agitada cabaletta Si: de' corsari il fulmine llama con apropiado squillo a la destrucción del poder turco. En la manida E la solita storia del pastore de L'Arlesiana (Cilea) supo mostrar sentimiento, sin caer en el sentimentalismo, y, con fraseo inmaculado, escapar de los amaneramientos que la tradición ha acumulado en esta archipopular aria de tenor. Tras una ajustada interpretación de la Obertura de La Forza del Destino, ambos cantantes cerraron la primera parte operística aunando con efectividad sus voces en el dúo del acto I de Lucia di Lammermoor (Donizetti), que, aunque comenzado algo abruptamente (se suprimieron los intercambios en arioso tras la entrada de Edgardo), fue cantado con sensibilidad, brillantes agudos y expresividad dramática, dejándome con ganas de ver a ambos cantantes en la ópera completa.

La segunda parte del recital estuvo dedicado a la zarzuela, con el Preludio del El Tambor de Granaderos y dos excelentes dúos, uno de La Tabernera del Puerto y otro de La Dolorosa. En éste especialmente Cantarero exhibió un potente registro grave -algo notable para una cantante cuya tesitura más cómoda parece ser la lírico-ligera de agilidad-, lo cual, unido a la sustancia y proyección de su voz, seguramente anuncia para un futuro inmediato exploraciones por terrenos más dramáticos. Mientras que Bros demostró cómo el buen gusto y la técnica belcantista ennoblecen un género quizás mal llamado chico. Igual efecto consiguió en sus intervenciones solistas, con la romanza Mujer de los negros ojos de El Huésped del Sevillano y una lectura particularmente poética de Por el humo se sabe (Doña Francisquita). Cantarero, por su parte, regaló brillantes agilidades en la romanza En un país de fábula de La Tabernera del Puerto y reveló vena cómica en No sé qué siento aquí, el vals de la borrachera de Château Margaux. Con sendos encores en solitario -Me llaman la primorosa (El Barbero de Sevilla) y No puede ser (La tabernera del puerto)- y el dúo Caballero del alto plumero (Luisa Fernanda) soprano y tenor cerraron un gran recital, cuyo igual no veremos en mucho tiempo.






(Tres muestras, capturadas con mi iPhone, de un recital que es una pena que no se grabara profesionalmente para su comercialización, al menos en CD. En youTube he colgado cuatro más, fáciles de localizar a partir de los aquí insertados. Y perdón por los Bravos, Bravas y Bravis, pero no pude contenerme).

domingo, 13 de junio de 2010

Cantarero y Violetta en Sevilla: Oh, come son mutata!


Oh, come son mutata! -exclama la postrada Violetta, tras releer la carta de Germont, usualmente mientras se mira en un espejo, aunque en la reciente pero rancia producción de Franco Zeffirelli, revisitada en Sevilla, solo al comprobar el estado de sus brazos. ¡Oh, cómo he cambiado! Y en esta ocasión también podría estar hablando la propia Mariola. Porque la transformación experimentada por Cantarero en la noche de su debut en el temible papel verdiano, entre el primer acto y el tercero -creciendo por momentos ante nuestros asombrados ojos en autoridad dramática y poder vocal-, resultó sencillamente espectacular. No acierto a recordar, entre mis numerosas noches en la ópera, algo parecido.

Debo confesar -como lo hice luego en el camerino a la propia soprano granadina- que había llegado al Teatro de la Maestranza con bastantes prevenciones. El papel de Violetta es un Everest del repertorio italiano para soprano que pocas (Ponselle, Callas, Scotto Caballé...) han conseguido escalar manteniendo la compostura. Y, sin haberla escuchado antes en directo, me preguntaba si Cantarero tendría el instrumento necesario para sobrevivir a tamaña empresa. Se ha convertido en un cliché -no por ello menos cierto- que se precisan tres tipos de voces para cantar la traviata: una soprano ligera con agilidad para las coloraturas del primer acto, una lírica para los patéticos desahogos del tercero y una soprano dramática para las explosiones trágicas del acto central, particularmente ese desgarrado Amami Alfredo con el que sacrifica el único amor de su vida.

Esta Violetta entró nerviosa en su propia fiesta -la voz embotellada y exceso de vibrato-, y no estuvo particularmente brillante en el Brindisi, pero cantó Ah fors' è lui con sensibilidad, excelentes filados y ataques dolce en los gioirs -trayéndome recuerdos de Caballé-. Aunque en Sempre libera estuvo incómoda, despachó decentemente la coloratura, si bien el sobreagudo Mi bemol -no escrito- con el que concluyó el acto -propiciando la atronadora aprobación de un público entregado de antemano- resultó para mis oídos metálico y bastante deslucido. Con todo salí al descanso con mis recelos ya bastante calmados, esperando la gran prueba de toda Violetta: el dúo con Germont y la mencionada súplica de amor a Alfredo del segundo acto. Y aquí afortunadamente la Cantarero encontró -y cómo- su elemento.

La voz, finalmente libre y caldeada, se expandió del piano al fortísimo con prodigiosa seguridad canora y expresión dramática. Siguiendo fielmente las precisas indicaciones verdianas en su entrevista con Germont -elegíaca en Dite a la giovine, desgarrada en Morrò-, encarnó con excelente fiato y conmovedora verdad todo el abanico de emociones, del indignado desafío a la sumisión sacrificada, de la mujer que en un instante ve desmoronarse su felicidad. Y en Amami Alfredo, abrazada a su amante en las escaleras del plano medio de la caja escénica, su voz corrió con fuerza y brillo sobre el forte de la orquesta, anunciando con todas las de la ley que en la escena operística había nacido una nueva Violetta

Pero quedaba mucho más en su arsenal vocal para el tercer acto, donde ya la cantante y esta noche de ópera rozaron lo sublime. Aunque la lectura de la carta se beneficiará de futuras prácticas, su Addio del passato -con emocionados pianissimi- alcanzó una rara perfección y a mí me paró los pulsos (Al contárselo más tarde, me gané un apretado abrazo de la extática soprano todavía en camisón). Ah, gran Dio, morir si giovane, alejado del fácil exhibicionismo, fue un desesperado lamento del alma, sin que el drama sin embargo empañara la línea de canto. Y Prendi, quest' è l'immagine un hilo de voz perfectamente sostenida en el fiato. Antes, en Parigi, o cara, se entrelazó maravillosamente con la de Ismael Jordi, en una bella muestra de puro belcantismo.

Jordi lleva años cantando Alfredo. Su hermosa voz de tenor lírico ligero es especialmente adecuada para los momentos de tierna efusión romántica del personaje, en la escuela de Valletti o McCormack. Con sabio uso de la voz mixta -pecho y cabeza-, el tenor jerezano delinea un enamorado soñador, más acertado en Parigi, o cara que en Un dì felice, y memorable en De' miei bollenti spiriti, particularmente en la frase final, io vivo quasi in ciel, una mezzavoce que parece surgir de una visión interior del paraíso. Sin embargo, aunque la voz ha madurado y adquirido más cuerpo, aún resulta algo insuficiente para momentos de fuerte carga dramática como la escena de la denuncia de Violetta en la fiesta de Flora. La cabaletta de su aria fue superada con arrojo más que metal y no parece aconsejable su empeño de coronarla con un sobreagudo -de nuevo no escrito- en extraño falsetto. En cualquier caso, un atractivo y entregado Alfredo, estimulado por una buena química con la soprano también andaluza.

George Petean, un barítono rumano de voz poderosa y dúctil, con musicalidad y excelente legato, ofreció un Germont seguro en sus intervenciones en dúos y concertantes y bordó Di Provenza el mar, una de las arias para barítono más bellas del repertorio -de engañosa simplicidad y exigentes agudos-, sin deslucir en las florituras de No, non udrai rimproveri, la cabaletta que suele eliminarse, con detrimento de la escena entre padre e hijo. Con brazos caídos y escasos gestos, solamente estuvo falto de presencia dramática. No necesariamente un defecto quizás en un personaje de su clase, encorsetado por las convenciones sociales.


Pero es que todo indica que esta producción careció de cualquier tipo de dirección escénica. Cantantes y coro parecían abandonados a sus propios recursos, con resultados variables y solo a ratos convincentes. Cantarero demostró instinto dramático en el dúo con Germont y particularmente en su conmovedor tercer acto. Pero estuvo bastante perdida durante el primer acto y excesivamente agitada, con aspavientos de vestido, durante la fiesta de Flora. Jordi exageró ciertos gestos, en el estilo del peor cine mudo, pero en general presentó un creíble Alfredo. Coros y figurantes se movieron, cuando lo hicieron, sin ninguna verdad dramática y los invitados a la fiesta se despiden de Violetta en el primer acto todos agrupados en fila y mirando al público, como en versión concierto.

En la peor tradición Zeffirelli, el escenario se atiborró de figurantes, muebles, oropeles y farolillos -la escenografía de la casa de Flora, muy aplaudida por un público de dudoso gusto, era una mezcla hortera de caseta de feria y casino de Las Vegas-, oscureciendo la acción de los personajes principales, perdidos en la masa. Encima para rematar la faena, en Sevilla se hicieron los descansos entre cada acto, cuando la producción original del Teatro de la Ópera de Roma obviamente debió colocar el segundo intermedio después del primer cuadro del acto II, uniendo el final de la fiesta de Flora con el comienzo del tercer acto y permitiendo, mediante un efectista cambio de vestuario de Violetta -que tras la denuncia pública de Alfredo es sacada de la escena y reaparece para su intervención en el concertante vestida ya con el blanco camisón de su final-, contar toda la historia como en una especie de flashback, un recuerdo de la moribunda Violetta, que ya apareció durante la obertura enferma junto a su cama.

Tal como lo vimos en Sevilla, Cantarero incomprensiblemente termina la fiesta de Flora en camisón de dormir, entrando como una Lucia sin sangre por el centro de la escena, sin sentido ni propósito. Pero es que en esta desafortunada producción ambos brillaron por su ausencia. La orquesta, en las poco más que competentes manos de Andrea Licata, cumplió su papel, careciendo de energía en la fiesta y de pathos en los momentos de patetismo. La coreografía de José el Camborio, sin embargo, y su principal bailarín, José Porcel, pusieron en la vulgar velada de Flora una nota de clase.

Con todo, porque Traviata es Violetta y Cantarero le hizo justicia, una memorable noche en la ópera. De esas que se cuentan durante mucho tiempo con placer a los desafortunados que no estuvieron allí.



La Traviata
Melodrama en tres actos de Giuseppe Verdi.
Mariola Cantarero (Violetta, soprano), Ismael Jordi (Alfredo, tenor), George Petean (Giorgio Germont, barítono), Itxaro Mentxaka (Flora Bervoix, mezzosoprano), Aurora Amores (Annina, soprano), Alejandro Guerrero (Gastone, tenor), Luciano Miotto (Barón Douphol, barítono), Javier Galán (Marqués D'Obigny, barítono), Elia Todisco (doctor Grenvil, bajo), Francisco Morales (Giuseppe, tenor), Jorge de la Rosa (mensajero y criado de Flora, barítono). Dirección musical: Andrea Licata. Producción: Fundación Teatro de la Ópera de Roma. Escenografía y dirección escénica: Franco Zeffirelli. Coreografía: José el Camborio y Lucía Real. Bailarín principal: José Porcel. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza.
Teatro de la Maestranza, Sevilla, 12 de junio, 2010

Fotos:
1. Mariola Cantarero e Ismael Jordi calentando motores en la stretta del dúo del acto I (Guillermo Mendo).
2. Vulgaridad in excelsis en el cuadro 2 del acto II (Guillermo Mendo).
3. Cantarero,
quasi in ciel, recogiendo bravas tras su primera Violetta en el Teatro de la Maestranza (Bartolomé Mesa).